Un psicólogo en cartago
“Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo
Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño”
Julio Numhauser - “Todo Cambia”
En el año 2001 me incorporé como Licenciado al Colegio Profesional de Psicólogos de Costa Rica, conocido desde hace algunos años como Colegio de Profesionales en Psicología de Costa Rica.
Ya para finales de la carrera, el estudiante suele contar con una experiencia clínica importante (entrevistas, prácticas supervisadas, talleres, trabajo comunal, etc.). Sin embargo, contar ya con un código profesional —el 1907— era algo especial, porque me permitía comenzar, con mucha ilusión, mis primeros pasos como profesional independiente.
Algunas cosas eran muy diferentes en aquellos años. Solo tres universidades impartían la carrera (UCR, Autónoma de Monterrey y UACA), y el rol del profesional en Psicología no estaba tan visibilizado como hoy en día. No había muchos profesionales en Cartago que se dedicaran por completo a la Psicología, y todavía algunos profesionales en Medicina y Psiquiatría veían con cierto menosprecio (¿o desconocimiento?) el papel del psicólogo. Recuerdo algunos casos en los que la persona interrumpió su proceso de psicoterapia porque algún médico le indicó que con una pastilla era más que suficiente. En honor a la verdad, ya son años de no escuchar algo así, y muchas de las referencias que recibo provienen justamente de profesionales en estas áreas, con quienes se realiza un abordaje multidisciplinario en el que cada quien aporta lo suyo, con respeto y confianza en el conocimiento y la experiencia de los demás.
Definitivamente, la pandemia ha marcado un antes y un después para la carrera. Nunca había atendido a tantas personas afectadas emocionalmente como en 2020 y 2021. Me impresiona gratamente cómo las personas jóvenes suelen estar tan informadas sobre la importancia de la salud mental, tal vez justamente por todo lo que han tenido que enfrentar. Es una injusticia —y una gran pena— que nuestro país les brinde tan pocos espacios para desarrollarse adecuadamente.

